La forma en que pensamos, aprendemos y percibimos el mundo tiene mucho que ver con nuestra biología. Las personas neurodivergentes a menudo se preguntan: ¿nacemos neurodivergentes o nos volvemos así? Cada vez más investigaciones apuntan a que la genética desempeña un papel clave en estas diferencias neurológicas. El término neurodivergencia se refiere precisamente a variaciones del desarrollo neurológico que hacen que el cerebro procese la información y se comporte de formas distintas al promedio. Este concepto engloba condiciones como el trastorno del espectro autista (TEA), el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), la dislexia u otras diferencias cognitivas. Todas ellas comparten no solo desafíos y fortalezas únicas, sino también un componente hereditario significativo.
La Herencia Genética en la Neurodivergencia
Numerosos estudios de genética conductual indican que las principales condiciones neurodivergentes son altamente heredables. Por ejemplo, en el autismo se estima que alrededor del 80% del riesgo está determinado por factores genéticos. Esto significa que los genes tienen una gran influencia en que el autismo se manifieste en una persona, aunque cada caso sea único. De igual modo, en el TDAH la genética explica aproximadamente entre 70% y 80% de la variabilidad del trastorno. Estudios con gemelos han sido especialmente reveladores: ya en la década de 1970 se observó que los gemelos idénticos comparten diagnósticos de autismo con mucha más frecuencia que los mellizos o hermanos comunes, apuntando a una fuerte influencia genética. Investigaciones más recientes confirman esta tendencia; por ejemplo, un estudio de 2015 halló alta concordancia de TDAH en gemelos monocigóticos, reforzando la idea de una sólida base genética para este trastorno.
No obstante, heredable no significa que la genética sea el único factor. Los porcentajes elevados de heredabilidad indican que es común ver ciertos rasgos neurodivergentes repetidos en una familia. Padres, hermanos o hijos de personas autistas o con TDAH tienen mayor probabilidad de compartir en parte esas características. Aun así, siempre existen excepciones: hay casos documentados de gemelos idénticos en que uno desarrolla la condición y el otro no, lo que evidencia que no todo es genética. Esto nos lleva a considerar la compleja interacción con el entorno, que abordaremos más adelante. En resumen, desde autismo y TDAH hasta la dislexia y otras diferencias de aprendizaje, la ciencia respalda una fuerte influencia hereditaria en la neurodivergencia, aunque modulada por otros factores.
No hay un Solo “Gen de la Neurodivergencia”
Un hallazgo crucial de las últimas décadas es que no existe un único gen responsable de condiciones como el autismo o el TDAH. Estas son condiciones poligénicas, lo que significa que intervienen multitud de genes y variantes genéticas, cada una aportando un pequeño efecto. En el caso del autismo, por ejemplo, las investigaciones genómicas han identificado ya alrededor de 100 genes fuertemente vinculados al trastorno. Muchos de esos genes están relacionados con la comunicación entre neuronas o con el control de la expresión de otros genes durante el desarrollo cerebral. Sin embargo, incluso estos 100 genes explican solo una fracción de los casos. Estudios masivos que emplean big data e inteligencia artificial sugieren que podrían estar implicados hasta 2.500 genes distintos en el espectro autista, es decir, más del 10% de todos los genes codificadores de proteínas del genoma humano. Esto refleja la enorme complejidad genética tras el TEA: no hay un “gen del autismo” único, sino miles de variantes comunes y raras que, combinadas, aumentan la probabilidad de su manifestación.
De forma similar, el TDAH involucra una constelación amplia de genes. El estudio genético más grande realizado hasta la fecha con personas con TDAH encontró 27 regiones del genoma asociadas al trastorno y priorizó 76 genes de riesgo; en total se estima que unas 7.000 variantes genéticas comunes contribuyen a la susceptibilidad al TDAH. Aunque cada una de estas variantes por sí sola tenga un efecto minúsculo, en conjunto suman una influencia considerable. Es interesante señalar que muchas de las variantes genéticas se comparten entre distintas condiciones: el estudio sobre TDAH observó que un 84% de las variantes relacionadas con TDAH también afectan al autismo u otros trastornos psiquiátricos. Esto ayuda a explicar por qué con tanta frecuencia el TDAH coexiste con autismo, ansiedad u otras condiciones: hay factores genéticos de riesgo comunes que generan esa comorbilidad entre diagnósticos.
Del mismo modo, la dislexia (otro ejemplo de neurodivergencia) tiene un trasfondo genético complejo y comparte parte de su base genética con el TDAH. En 2025, un estudio masivo identificó 80 regiones genómicas asociadas a la dislexia, muchas de ellas involucradas en el desarrollo temprano del cerebro. Varios de esos genes resultaron ser compartidos con el TDAH, confirmando de nuevo que las fronteras genéticas entre diferentes condiciones neurodivergentes son difusas. En suma, las diferencias neurocognitivas no vienen determinadas por un solo gen extraño, sino por múltiples variantes genéticas comunes en la población que, al combinarse en ciertos individuos, dan lugar a cerebros atípicos pero completamente humanos en su diversidad.
Implicaciones y Perspectivas Éticas
Comprender la genética de la neurodivergencia no es solo un ejercicio académico, sino que conlleva implicaciones prácticas y éticas importantes. Por el lado positivo, los avances en genética ofrecen oportunidades para mejorar la vida de las personas neurodivergentes. Por ejemplo, conocer los factores genéticos del TDAH o el autismo puede conducir a diagnósticos más precoces y precisos, permitiendo intervenciones tempranas más efectivas. Expertos señalan que ahondar en la genética de estas condiciones ayudará a prevenir y detectar antes a los pacientes, así como a desarrollar nuevas terapias personalizadas en el futuro. Un diagnóstico genético temprano no busca “etiquetar” negativamente, sino más bien proveer apoyos desde la infancia para que cada persona alcance su máximo potencial, respetando a la vez su diferencia.
Lejos de intentar “corregir” a las personas neurodivergentes para que encajen en una norma, el conocimiento genético debe servir para adaptar el entorno y las oportunidades a la persona, maximizando sus fortalezas y proporcionando apoyo en sus desafíos. En última instancia, la genética de la neurodivergencia nos enseña que la diferencia no es un defecto, sino parte intrínseca de nuestra especie – entenderla nos ayuda a construir un mundo más inclusivo donde todas las mentes puedan florecer.
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